Ya el número 30 de la edición impresa de nuestra revista semestral Andalupaz estará seguramente en la mayoría de los hogares de las familias miembros de la Asociación Andaluza Víctimas del Terrorismo. También, casi con certeza, en bibliotecas, universidades, Consejerías, Concejalías, sedes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, Centro de investigación, estudio y memoria y muchos otros lugares, miradas y oídos a los que intentamos proyectar nuestra voz; nuestro modo de ser, estar y sentir el mundo, ese mundo que soñamos libre de violencia y de terror.

También puede descargarse gratuitamente y sin necesidad de ningún registro o aporte de datos personales en esta, nuestra pequeña casa en el ciberespacio, concretamente en la biblioteca virtual.

Pero para quienes tengan poco tiempo o energías, hemos traído aquí la Carta del Presidente, de nuestro querido Joaquín Vidal, que encabeza este número 30 de Andalupaz. Es breve, es emotiva, es necesaria.

CARTA DEL PRESIDENTE

Queridos amigas y amigos:

El carrusel acelerado y fugaz del tiempo nos sitúa nuevamente a las puertas de un nuevo año. En la Asociación Andaluza Víctimas del Terrorismo despedimos 2023 con la satisfacción de seguir siendo una gran familia. Porque si hay una palabra que nos ha definido, que hemos enarbolado cual bandera ondeante en el cielo luminoso de nuestra querida Andalucía, es precisamente esa: «familia».

Pudimos constatarlo una vez más en las pasadas XXI Jornadas, celebradas a finales de octubre en esta ocasión en Jaén, otro hito más en nuestro camino de 28 años de trabajo. Fue emocionante escuchar a cuatro de nuestras asociadas más activas contar públicamente no sólo su historia, sino también ese sentimiento de haber encontrado otra familia en la Asociación Andaluza Víctimas del Terrorismo.

Estas jornadas fueron un éxito. No únicamente por la numerosa presencia de numerosas autoridades locales, regionales y nacionales que allí acudieron, o por la calidad de las conferencias y la mesa redonda realizadas o el rigor y a la vez la amenidad de los paseos culturales disfrutados. Fueron un éxito porque una vez más pudimos abrazarnos, compartir, unir nuestras voces.

Mientras unos realizan publicitados documentales con asesinos como protagonistas, las víctimas proseguimos nuestra labor testimonial y ética, sin perder un átomo de empatía y humanidad. No saldremos en Netflix, pero tendremos la conciencia tranquila de que perseveramos en la defensa de la memoria, la justicia y la verdad.

Por eso, cada vez debemos sumarnos más a los encuentros con las nuevas generaciones, en los colegios, una iniciativa que la Asociación Andaluza comenzó hace muchos años, con su programa «Somos iguales, somos solidarios» y sus encuentros «Homenaje por la Paz», una labor en esencia muy parecida a la que actualmente el Ministerio del Interior, el de Educación, las Consejerías, el Centro Memorial y otras instituciones llevan adelante con gran acierto en el programa de «víctimas educadoras».

Corren tiempos difíciles en el mundo. Proliferan los discursos de odio, las guerras y la violencia. Pareciera que cada vez es más difícil el diálogo, el entendimiento, la convivencia desde la pluralidad. Pero si algo nos ha enseñado la historia, si algo nos ha enseñado la huella del zarpazo del terrorismo en nuestra piel, es que sólo desde el respeto a nuestros prójimos (próximos o distantes), y especialmente desde el respeto a quienes piensan, sienten o viven de un modo diferente, podremos construir un mundo donde haya espacio para todos. La violencia siempre engendra violencia. El diálogo, en cambio, engendra camino, construye futuro. Eso sí, con la memoria y la verdad histórica por delante.

Siempre con las víctimas, nunca con los asesinos. Siempre al lado de la vida. Siempre con la gran familia de la Asociación Andaluza Víctimas del Terrorismo; así entramos en 2024. Que la salud, la prosperidad, la humanidad, la capacidad de dialogar, la fe en el futuro y en que un mundo sin violencia y sin terrorismo es no sólo posible sino muy necesario, nos acompañen y arropen en la tormenta y bajo el sol, porque la vida es ―nunca lo olvidemos― el primer derecho humano.